Thursday, February 5, 2015

Poemas sobre la casa. Diversos autores

Mi casa, mi gente, mi tierra

Todo comienza en un jardín, lo recuerdo, me recuerdo. Un jardín con niño, a tientas, me adentro. Pasillos, puertas que dan a un cuarto de hotel, a una interjección, a un páramo urbano. Y entre el bostezo y el abandono, tú, intacto, verdor sitiado por tanta muerte, jardín revisto esta noche. Sueños insensatos y lúcidos, geometría y delirio entre altas bardas de adobe. La glorieta de los pinos, ocho testigos de mi infancia, siempre de pie, sin cambiar nunca de postura, de traje, de silencio. El montón de pedruscos de aquel pabellón que no dejó terminar la guerra civil, lugar amado por la melancolía y las lagartijas. Los yerbales, con sus secretos, su molicie de verde caliente, sus bichos agazapados y terribles. La higuera y sus consejas. Los adversarios: el floripondio y sus lámparas blancas frente al granado, candelabro de joyas rojas ardiendo en pleno día. El membrillo y sus varas flexibles con las que arrancaba ayes al aire matinal. La lujosa mancha de vino de la buganvilia sobre el muro inmaculado, blanquísimo. El sitio sagrado, el lugar infame, el rincón del monólogo: la orfandad de una tarde, los himnos de una mañana, los silencios, aquel día de gloria entrevista, compartida.
Arriba, en la espesura de las ramas, entre los claros del cielo y las encrucijadas de los verdes, la tarde se bate con espadas transparentes. Piso la tierra recién llovida, los olores ásperos, las yerbas vivas. El silencio se yergue y me interroga. Pero yo avanzo y me planto en el centro de mi memoria. Aspiro largamente el aire cargado de porvenir. Vienen oleadas de futuro, rumor de conquistas, descubrimientos y esos vacíos súbitos con que prepara lo desconocido sus irrupciones. Silbo entre dientes y mi silbido, en la limpidez admirable de la hora, es un látigo alegre que despierta alas y echa a volar profecías. Y yo las veo partir hacia allá, al otro lado, a donde un hombre encorvado escribe trabajosamente, en camisa, entre pausas furiosas, estos cuantos adioses al borde del precipicio.





Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
Al primer muerto nunca lo olvidamos, 
aunque muera de rayo, tan aprisa 
que no alcance la cama ni los óleos. 
Oigo el bastón que duda en un peldaño, 
el cuerpo que se afianza en un suspiro, 
la puerta que se abre, el muerto que entra. 
De una puerta a morir hay poco espacio 
y apenas queda tiempo de sentarse, 
alzar la cara, ver la hora 
y enterarse: las ocho y cuarto. 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
La que murió noche tras noche 
y era una larga despedida, 
un tren que nunca parte, su agonía. 
Codicia de la boca 
al hilo de un suspiro suspendida, 
ojos que no se cierran y hacen señas 
y vagan de la lámpara a mis ojos, 
fija mirada que se abraza a otra, 
ajena, que se asfixia en el abrazo 
y al fin se escapa y ve desde la orilla 
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma 
y no encuentra unos ojos a que asirse... 
¿Y me invitó a morir esa mirada? 
Quizá morimos sólo porque nadie 
quiere morirse con nosotros, nadie 
quiere mirarnos a los ojos. 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
Al que se fue por unas horas 
y nadie sabe en qué silencio entró. 
De sobremesa, cada noche, 
la pausa sin color que da al vacío 
o la frase sin fin que cuelga a medias 
del hilo de la araña del silencio 
abren un corredor para el que vuelve: 
suenan sus pasos, sube, se detiene... 
Y alguien entre nosotros se levanta 
y cierra bien la puerta. 
Pero él, allá del otro lado, insiste. 
Acecha en cada hueco, en los repliegues, 
vaga entre los bostezos, las afueras. 
Aunque cerremos puertas, él insiste. 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
Rostros perdidos en mi frente, rostros 
sin ojos, ojos fijos, vaciados, 
¿busco en ellos acaso mi secreto, 
el dios de sangre que mi sangre mueve, 
el dios de yelo, el dios que me devora? 
Su silencio es espejo de mi vida, 
en mi vida su muerte se prolonga: 
soy el error final de sus errores. 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
El pensamiento disipado, el acto 
disipado, los nombres esparcidos 
(lagunas, zonas nulas, hoyos 
que escarba terca la memoria), 
la dispersión de los encuentros, 
el yo, su guiño abstracto, compartido 
siempre por otro (el mismo) yo, las iras, 
el deseo y sus máscaras, la víbora 
enterrada, las lentas erosiones, 
la espera, el miedo, el acto 
y su reverso: en mí se obstinan, 
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo, 
beber el agua que les fue negada. 
Pero no hay agua ya, todo está seco, 
no sabe el pan, la fruta amarga, 
amor domesticado, masticado, 
en jaulas de barrotes invisibles 
mono onanista y perra amaestrada, 
lo que devoras te devora, 
tu víctima también es tu verdugo. 
Montón de días muertos, arrugados 
periódicos, y noches descorchadas 
y amaneceres, corbata, nudo corredizo: 
"saluda al sol, araña, no seas rencorosa..." 

Es un desierto circular el mundo, 
el cielo está cerrado y el infierno vacío.

Lee todo en: Elegía interrumpida - Poemas de Octavio Paz http://www.poemas-del-alma.com/elegia-interrumpida.htm#ixzz3QwWVmeQJ




No cabe duda. Ésta es mi casa
aquí sucedo, aquí
me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.

Llega el otoño y me defiende,
la primavera y me condena.
Tengo millones de huéspedes
que ríen y comen,
copulan y duermen,
juegan y piensan,
millones de huéspedes que se aburren
y tienen pesadillas y ataques de nervios.

No cabe duda. Ésta es mi casa.
Todos los perros y campanarios
pasan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos
y un día se va a partir en dos.

Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas dan afuera del mundo.


Lee todo en: Ésta es mi casa - Poemas de Mario Benedetti http://www.poemas-del-alma.com/mario-benedetti-esta-es-mi-casa.htm#ixzz3QwW1fVV4








La mesa, hijo, está tendida 
en blancura quieta de nata, 
y en cuatro muros azulea, 
dando relumbres, la cerámica. 
Ésta es la sal, éste el aceite 
y al centro el Pan que casi habla. 
Oro más lindo que oro del Pan 
no está ni en fruta ni en retama, 
y da su olor de espiga y horno 
una dicha que nunca sacia. 
Lo partimos, hijito, juntos, 
con dedos duros y palma blanda, 
y tú lo miras asombrado 
de tierra negra que da flor blanca. 

Baja la mano de comer, 
que tu madre también la baja. 
Los trigos, hijo, son del aire, 
y son del sol y de la azada; 
pero este Pan «cara de Dios»(*) 
no llega a mesas de las casas. 
Y si otros niños no lo tienen, 
mejor, mi hijo, no lo tocaras, 
y no tomarlo mejor sería 
con mano y mano avergonzadas. 

Hijo, el Hambre, cara de mueca, 
en remolino gira las parvas, 
y se buscan y no se encuentran 
el Pan y el hambre corcovada. 
Para que lo halle, si ahora entra, 
el Pan dejemos hasta mañana; 
el fuego ardiendo marque la puerta, 
que el indio quechua nunca cerraba, 
¡y miremos comer al Hambre, 
para dormir con cuerpo y alma!

Lee todo en: La casa - Poemas de Gabriela Mistral http://www.poemas-del-alma.com/la-casa.htm#ixzz3QwVtFosD

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